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Cuidado con el teléfono

Enviado por en 10 abril, 2014 – 6:01 PMSin comentarios

 

En la facultad nos enseñaron que para una buena praxis en el arte médico (porque la Medicina sigue teniendo mucho de “arte”), es imprescindible una buena anamnesis. Interrogar bien y explorar mejor son imprescindibles para realizar un trabajo de calidad, palabra muy de moda, por cierto.

No se entendía otra forma de realizar la anamnesis que no fuera en el recogimiento de la consulta; y no hablamos de la medicina de siglos atrás, nos referimos a lo que hoy día, pese a las nuevas tecnologías, se sigue predicando en las facultades de todo el mundo. De hecho, hace bien pocos años, no era bien visto, el médico que resolvía sus casos sin que el paciente en cuestión pasase por la consulta directa. Muchos de los sustos judiciales que nos llevamos los médicos han sido, precisamente, por no haber “tocado” al paciente.

De un tiempo a esta parte, los dirigentes político-sanitarios están convirtiendo la medicina pública en Hospitales-Factoría y Centros de Salud-Supermercado, en maquinarias expendedora de piezas, cuyo objetivo es aumentar ventas y disminuir costes, aun al precio de que salgan piezas defectuosas con más frecuencia. Para ello, la consulta a distancia ha devenido en objetivo estrella.

Olvidan que las consultas telefónicas o por otros medios a distancia, tienen fundamento en el contexto de una relación médico-enfermo en que las dos partes conocen bien los términos del problema que se consulta. Es, pues, una forma más de relación, a emplear libremente por sus protagonistas, cuando la prudencia lo permite. No es el caso de la consulta a distancia estandarizada, que propician los dirigentes de Osakidetza.

Abaratan los costes ahorrando médicos, hasta el punto de que, quien decide si un paciente tiene necesidad de ser visto por el facultativo, es cualquier otro profesional sanitario (no médico) que plantan al pie del teléfono y que decide a la vista de unos protocolos cuya interpretación correcta requiere, sin embargo, conocimientos y praxis que no tiene.

La incertidumbre nos atenaza aún más, cuando el médico se ve obligado a decidir sobre el uso y movilización de unos recursos sanitarios que los responsables políticos escatiman, mientras, al mismo tiempo, miden nuestra “eficiencia laboral” en función de cómo nos auto-limitamos “voluntariamente” en el manejo de dichos recursos. Es buena parte de lo que hay detrás del desagraciado caso de la niña de Treviño fallecida.

Si los médicos caemos en el señuelo de consentir en perder competencias por arañar unos minutos de nuestra endémica falta de tiempo, si obedecemos instrucciones burocráticas que dificultan la “lex artis”, si esa conversación telefónica (que no consulta) acarrease consecuencias no deseadas, tened por seguro que el ideólogo del sistema nos dejará a los pies de los caballos y se lavará las manos afirmando que la última responsabilidad es nuestra, del médico. Y los jueces le darán la razón, porque es verdad.